miércoles, 27 de junio de 2007
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Cuando Nicolás y su mamá estaban sentados en el vagón del tren oyeron la voz de un chiquilín que vendía pan y masitas recién horneadas. Hacía frío esa mañana y él llevaba zapatillas rotas. Nico observó a los pasajeros: Algunos leían, otros dormitaban y los demás parecían concentrados en sus cosas. Una señora compró un paquete de galletas. Y antes de que el pudiera reaccionar, su mamá sacó unas monedas del bolso y se las entregó a cambio del pan de maíz mas grande que tenía en la canasta. Nicolás quedó desconcertado ¡como podía ser que su mamá todavía no supiera cuánto le desagradaba ese tipo de pan!.
Ella pareció interpretar lo que Nico pensaba porque enseguida le explico al oído:
-Creo que le hacían mucha falta las monedas que le dimos.
Su mamá era muy generosa, pero con ese dinero podía haberle comprado un delicioso alfajor de chocolate, pensó indignado.
En la siguiente estación, se sentó frente a ellos una familia con dos niños que no dejaban de molestar. Nicolás convidó de su pan y ¡suficiente para quedarse quietos!
Al descender del tren, se les acercó una niña de las que piden en el andén, Nico le dió medio pan y ella corrió para repartirlo con sus hermanitos que la esperaban en la esquina.
Estaba por llevarse una rebanada de pan a la boca, cuando la mirada de una anciana, parecía pedirle la rodaja. El se la entregó sin dudarlo y la mujer quedó muy agradecida.
Por fin llegaron al despacho del escribano, con quien tenía una entrevista su mamá. Ellos conversaban en tanto Nicolás comía con disimulo.
-¿Que estás masticando? -le preguntó sorpresivamente el hombre.
Pan
Pan de maíz -Pan de maíz -le respondió avergonzado, a la vez que miraba de reojo si había ensuciado la alfombra o el escritorio del magistrado.
- ¡¿Pan de maíz?! ¿Como sabías que a mí me encanta el pan de maíz? -le pregunto sonriendo-. Te cambio el pan de maíz por estos alfajores -le dijo sin darle tiempo a reaccionar, ya que contento le arrebató el pan y se lo tragó de un bocado.
-¿Que señor simpático resultó el escribano! -comentó Nicolás desparramando sobre el pavimento las sobras del pan de maíz que aún quedaban en la bolsa.
En ese momento una bandada de palomas se les vino encima para atrapar las migas.
-Estoy sorprendido -le dijo, en el tren, a su mamá -de ver la felicidad de aquellos con quienes compartimos el pan. ¡Fue bueno que lo compraras, mamá! ¡Hasta las palomas estaban felices! -río-. ¡Hummm! ¡Qué exquisito es este alfajor! exclamó saboreando el chocolate.
Pronto el vagón se llenó de gente, niños bulliciosos y chiquillos que llorisquiaban...
Nicolás miró la caja que aún apretaba contra su pecho. Con cuidado cortó cada alfajor en cuatro partes y lo compartió con todos esos chicos. El resultado fue: Caras felices, boquitas sucias, alfajores que se multiplicaron hasta que todos quedaron satisfechos y la enorme alegría de Nicolás cuando comprendió lo que dijo Jesús: “ES MAS FELIZ EL QUE DA, QUE EL QUE RECIBE”.

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Tags: Reflexión, Relato, Moraleja

Publicado por k_nelita @ 15:25  | REFLEXIONES
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