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Pacto de Sangre - Resurgiendo - Poemas, musica, actualidad
Domingo, 07 de octubre de 2007
A pedido de un "amigo" busqu? y encontr? este cuento de Mario Benedetti, y la verdad que ten?a raz?n es muy bueno! Por eso lo publico, para compartirlo con las personas que me leen, no se lo pierdan!

fotos.miarroba.com
De "La muerte y otras sospechas"

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro a?os, qu? m?s puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos a?os que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los dem?s creen que no puedo hablar, incluso el m?dico lo cree.

Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada m?s que para asegurarme que puedo. Total, ?para qu?? Afortunadamente, puedo ir al ba?o por m? mismo, sin ayuda.
Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, a?n puedo darlos. Ducharme no. Eso no podr?a hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustar?a que fuese m?s frecuente, pero al parecer sale muy caro) el enfermero y me ba?a en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qu? m?s remedio. Es m?s c?modo y adem?s tiene una t?cnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla h?meda y fr?a por los test?culos, siento que eso me hace bien, salvo en pleno invierno.
Me hace bien, aunque, claro, ya nadie puede resucitar al muerto. A veces, cuando voy al ba?o, miro en el espejo mis verg?enzas y nunca mejor aplicado el t?rmino. Mis verg?enzas. Unas barbas de chivo, eso son. Pero confieso que la toalla fr?a del enfermero hace que me sienta mejor.
Es lo m?s parecido al ?ba?o vital? que me recomend? un naturista hace unos sesenta a?os. Era (?l, no yo) un viejito, flaco y totalmente canoso, con una mirada p?lida pero sabihonda y una voz neutra y sin embargo afable. Me hizo sentar frente a ?l, me dio un vistazo que no dur? m?s de un minuto, y de inmediato empez? a escribir a m?quina, una vieja R?mington que parec?a un tranv?a.
Era mi ficha de nuevo paciente. A medida que escrib?a, iba diciendo el texto en voz alta, probablemente para comprobar si yo pretend?a refutarlo. Era incre?ble. Todo lo que iba diciendo era rigurosamente cierto. Dos veces sarampi?n, una vez rub?ola y otra escarlatina, difteria, tifus, de ni?o hizo mucha gimnasia, menos mal porque si no hoy tendr?a problemas respiratorios; Varices prematuras, hernia inguinal absorbida, buena dentadura, etc?tera.
Hasta ese d?a no me hab?a dado cuenta de que era poseedor de tantas taras juntas. Pero gracias a aquel tipo y sus consejos, de a poco fui mejorando. Lo malo vino despu?s, con a?os y m?s a?os. A?os.
No hay naturista ni matasanos que te los quite. Ahora que debo quedarme todo el tiempo quieto y callado (quieto, por obligaci?n; callado, por vocaci?n), mi diversi?n es recorrer mi vida, buscar y rebuscar alg?n detalle que cre?a olvidado y sin embargo estaba oculto en alg?n recoveco de la memoria.
Con mis ojos casi siempre llorosos (no de llanto sino de vejez) veo y recorro las palmas de mis manos. Ya no conservan el recuerdo t?ctil de las mujeres que acarici?, pero en la mente s? las tengo, puedo recorrer sus cuerpos como quien pasa una pel?cula y detener la c?mara a mi gusto para fijarme en un cuello (?ser? el de Ana?) Que siempre me conmovi?, en unos pechos (?ser?n los de Luisa?) Que durante un a?o entero me
hicieron creer en Dios, en una cintura (?ser? la de Carmen?) Que reclamaba mis brazos que entonces eran fuertes, en cierto pubis de musgo rubio al que yo llamaba mi vellocino de oro (?ser? el de Ema?)
Que aparec?a tanto en mis ensue?os (matorral de lujuria) como en mis pesadillas (suerte de Moloch que me tragaba para siempre).
Es curioso, a menudo me acuerdo de part?culas de cuerpo y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo idea de a qu? cuerpo correspond?a. ?D?nde estar?n esas mujeres?
?Seguir?n vivas? ?Las llamar?n abuelas, s?lo abuelas, y no habr? nadie que las llame por sus nombres? La vejez nos sumerge en una suerte de anonimato.
En Espa?a dicen, o dec?an, los diarios: muri? un anciano de sesenta a?os. Los cretinos. ?Qu? categor?a reservan entonces para nosotros, octogenarios pecadores? ?Escombros? ?Ruinas? ?Esperpentos? Cuando yo ten?a sesenta era cualquier cosa menos un anciano.
En la playa jugaba a la paleta con los amigos de mis hijos y les ganaba c?modamente. En la cama, si la interlocutora cumpl?a dignamente su parte en el di?logo corporal, yo cumpl?a cabalmente con la m?a. En el trabajo no dir? que era el primero pero s? que integraba el pelot?n.
Supe divertirme, eso s?, sin agraviar a Teresa.
He ah? un nombre que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Estuvimos tantas veces juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer. Ella, mientras pudo, supo c?mo hacerlo.
Puede ser que se imaginara que yo ten?a mis cosas por ah?, pero jam?s me hizo una escena de celos, esas porquer?as que corroen la convivencia. Como contrapartida, cuid? siempre de no agraviarla, de no avergonzarla, de no dejarla en rid?culo (primera obligaci?n de un buen marido), porque eso s? es algo que no se perdona.
La quise bien, claro que con un amor distinto. Era de alguna manera mi complemento, y tambi?n el colch?n de mis broncas. Suficiente. Le hice tres varones y una hembra. Suficiente. El ataque de asma que se la llev? fue el pr?logo de mi infarto. Sesenta y ocho ten?a, y yo setenta.
O sea que hace catorce a?os. No son tantos.
Ah? empez? mi marea baja. Y sigue. ?Con qui?n voy a hablar? Me consta que para mi hija y para mi yerno soy un peso muerto. No dir? que no me quieren, pero tal vez sea de la manera como se puede querer a un mueble de anticuario o a un reloj de cuco o (en estos tiempos) a un horno de mizar. No digo que eso sea injusto.
S?lo quiero que me dejen pensar. Viene mi hija por la ma?ana temprano y no me dice qu? tal pap? sino qu? tal abuelo, como si no proviniera de mi prehist?rico espermatozoide. Viene mi yerno al mediod?a y dice qu? tal abuelo. En ?l no es una errata sino una muestra de afecto, que aprecio como corresponde, ya que ?l procede de otro espermatozoide, italiano tal vez puesto que se llama Aldo Cagnoli.
Qu? bien, me acord? del nombre completo. A una y a otro les respondo siempre con una sonrisa, un cabeceo conformista y una mirada, lacrimosa como de costumbre, pero inteligente. Esto me lo estoy diciendo a m? mismo, de modo que no es vanidad no presunci?n ni coqueter?a senil, algo que hoy se lleva mucho. Digo inteligente, sencillamente porque es as?. Tambi?n tengo la impresi?n de que ellos agradecen al Se?or de que yo no pueda hablar (eso se creen).
Imagino que se imaginan: cu?nta ch?chara de viejo nos estamos
ahorrando. Y sin embargo, bien que se lo pierden. Porque s? que podr?a narrarles cosas interesantes, recuerdos que son historia. Qu? saben ellos de las dos guerras mundiales, de los primeros Ford a bigote, de los ol?mpicos de Colombes, de la muerte de Batlle y Ord??ez, de la despedida a Rod? cuando se fue a Italia, de los festejos cuando el Centenario. Como esto lo converso s?lo conmigo, no tengo por qu? respetar el orden cronol?gico, menos mal.
Qu? saben, ?eh? S?lo una noticia, o una nota al pie de p?gina, o una menci?n en la perorata de un pol?tico. Nada m?s. Pero el ambiente, la gente en las calles, la tristeza o el regocijo en los rostros, el sol o la lluvia sobre las multitudes, el techo de paraguas en la Plaza Cagancha cuando Uruguay le gan? tres a dos a Italia en las semifinales de ?msterdam y el relato del partido no ven?a como ahora por sat?lite sino por telegramas (Carga uruguaya; Italia cede corner; los italianos presionan sobre la valla defendida por Mazali; Scarone tira desviado, etc.).
Nada saben y se lo pierden. Cuando mi hija viene y me dice qu? tal abuelo, yo deber?a decirle t? acord?s de cuando ven?as a llorar en mis rodillas porque el hijo del vecino te hab?a dicho che negrita y vos cre?as que era un insulto ya que te sab?as blanca, y yo te explicaba que el hijo del vecino te dec?a eso porque ten?as el pelo oscuro, pero que adem?s, de haber sido negrita, eso no habr?a significado nada vergonzoso porque los negros, salvo en su piel, son iguales a nosotros y pueden ser tan buenos o tan malos como los blanqu?simos.
Y vos dejabas de llorar en mis rodillas (los pantalones quedaban mojados, pero yo te dec?a no te preocupes, m'hijita, las l?grimas no manchan) y sal?as de nuevo a jugar con los otros ni?os y al hijo del vecino lo sum?as en un desconcierto vitalicio cuando le dec?as, con todo el desprecio de tus siete a?os: che blanquito.
Podr?a recordarte eso, pero para qu?. Tal vez dir?as, ay abuelo, con qu? pavadas me ven?as ahora. A lo mejor no lo dec?as, pero no quiero arriesgarme a ese bochorno. No son pavadas, Teresita (te llamas como tu madre, se ve que la imaginaci?n no nos sobraba), yo te ense?? algunas cosas y tu madre tambi?n.
Pero por qu? cuando habl?s de ella dec?as, entonces viv?a mam?, y a m? en cambio me pregunt?s qu? tal, abuelo. A lo mejor, si me hubiera muerto antes que ella, hoy dir?as, cuando viv?a pap?. La cosa es que, para bien o para mal, pap? vive, no habla pero piensa, no habla pero siente.

El ?nico que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto. Que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginaci?n). Ah? est? la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el ?nico ser humano con el que hablo, adem?s de conmigo mismo, claro.
Esto empez? hace un a?o, cuando Octavio ten?a siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, crey?ndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el ri??n. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera hab?a entrado mi nieto.
Pero abuelo, est?s hablando, dijo con un asombro alegre que me
conmovi?. Le pregunt? si hab?a alguien en la casa y como dijo que no, que no hab?a nadie, le propuse un convenio.
Por un lado ?l manten?a el secreto de que yo pod?a hablar, y por otro, yo le contar?a cuentos que nadie sab?a. Est? bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Sali? y volvi? casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y un paquete de algod?n.
Se las arregla muy bien y adem?s conoce esos tr?mites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con una vacuna contra la alergia.
Con toda tranquilidad me hizo un tajito min?sculo y ?l se hizo otro, ambos en las mu?ecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas m?nimas y nos abrazamos.
Octavio humedeci? el algod?n con un poco de alcohol, lo apoy? en ambas se?ales secretas hasta que no sali? m?s sangre y sali? corriendo a dejar todo su instrumental en el botiqu?n. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, ?l viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, in?ditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuid?s al abuelo, y ?l responde que s?, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un gui?o c?mplice, y no bien se escucha el portazo que garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la
coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos.
Y ah? viene mi problema, porque buena parte del d?a me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad perge?ando el pr?ximo cuento y cuidando hasta los m?nimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se hab?a lastimado una pata en una trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que a?n no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de
erratas oral y donde dije corre debe decir renquea.
Y si el viejo brujo de la monta?a se hab?a quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mir?ndose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero c?mo, ?no era calvo? Y ah? puedo salir un poco mejor del atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, puede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que ?l quede pelado, tambi?n podr? recuperar el pelo. Vos no, lo desenga?o, porque no sos ni ser?s brujo. Y ?l dice que l?stima y tiene un poco de raz?n, porque si yo hubiera sido brujo tambi?n me habr?a hecho crecer el pelo que perd? sin remedio antes de los cincuenta. No soy yo el ?nico que narra, tambi?n ?l me cuenta lo que ocurre en el colegio, en la calle, en la televisi?n, en el estadio.
Es hincha de Danubio y se asombra de que yo sea de Wanderers. Trato de hacer proselitismo, pero evidentemente no hay nadie capaz de convertirlo en tr?nsfuga. Entonces le cuento viejos partidos o jugadas c?lebres, como cuando Piendibeni le hizo el c?lebre gol al divino Zamora, o cuando el manco Castro usaba con alevos?a su mu??n en el ?rea penal, o cuando el flaco Garc?a mantuvo invicta su valla (claro que los backs eran nada menos que Nazassi y Domingos da Gu?a) durante una rueda y media, o cuando Ghiggia hizo el gol de la victoria en aracan?, o cuando o cuando o cuando, y ?l me escucha como a un or?culo y yo pienso qu? suerte todav?a puedo hablar para crear este asombro suyo y este placer m?o.
La verdad es que no recuerdo c?mo eran mis hijos cuando ten?an la edad que hoy tiene Octavio. El mayor muri?. ?Cu?nto hace que muri? Sim?n? Fue despu?s de lo de Teresa. Al fin y al cabo ?qu? importa la fecha?
Muri? y se acab?. No tuvo hijos, creo, ?o los habr? olvidado? Nunca estoy seguro de mis lagunas, que a veces son oc?anos.
El segundo, Braulio, s? los tuvo, pero todos est?n en Denver, ?qu? habr? ido a hacer all?? La verdad es que no recuerdo. A veces manda fotos, tomadas con su encantadora Polaroid, o alguna postal, con un abrazo para el Viejo. Soy yo.
?l no me dice abuelo, me dice Viejo. Me cago en la diferencia.
Reconozco que una vez me mand? una radio a transistores. Todav?a la tengo y a veces la oigo. Pero a menudo se queda sin pilas y tendr?a que pedirlas. Pero no pido nada. Nunca pido nada. Reconozco que soy un orgulloso de mierda, pero a esta altura no voy a reeducarme, ?no es cierto? Total, el que me jodo soy yo, porque si la radio tuviera simples pilas, podr?a escuchar alguno que otro partido, no muchos porque los locutores en general me cansan con su entusiasmo fingido y
sus fallas de sintaxis.
Tambi?n podr?a escuchar el Sodre cuando pasan m?sica cl?sica, que es la ?nica que digiero. La alegr?a que tuve aquella tarde en que pude escuchar el Septimino. Lo ten?a en disco, hace tiempo, vaya a saber d?nde est?. Quiz? lo de las pilas podr?a solucionarse, sin mengua de m? podrido orgullo, dici?ndoselo a mi nieto, para que ?ste, en cumplimiento de nuestro pacto de sangre y guardando siempre nuestro secreto, le dijera a mi hija, mir? la radio del abuelo, est? sin pilas, y entonces lo mandaran a la ferreter?a de la esquina para que me las rajera. Con eso alcanza.
Yo las s? colocar, aunque a veces las pongo al rev?s y la radio no funciona. En alguna ocasi?n me ha llevado un buen cuarto de hora hallar la posici?n adecuada para las cuatro de 1,5 voltios, pero igual me sirve para entretenerme un poco. ?Qu? m?s puedo hacer? Leer, ya no puedo. Televisi?n, tampoco. Pero escuchar la radio o cambiarle las pilas, s?.
Mi tercer hijo se llama Diego y est? en Europa, ense?a en Zurich, me parece, sabe alem?n y todo. Tiene dos hijas que tambi?n saben alem?n, pero en cambio no saben espa?ol. Qu? cagada, ?verdad? Diego es menos escritor que Braulio, y eso que su especialidad es la literatura, pero, naturalmente, la literatura Suiza.
Para las navidades manda tambi?n su tarjeta, en la que las ni?as ponen sus saludos pero en alem?n. Yo no s? alem?n, apenas un poco de ingl?s para defenderme en correspondencia comercial, de la que yo mismo me encargaba cuando era gerente de La Mercantil del Sur, Importaciones y Exportaciones. Digamos, frasecitas como "I acknowledge receipt of your kind letter", o "Very truly yours", lo suficiente para que los de all? puedan contestar "Dear sirs", o "Gentlemen". Tambi?n ese hijo menor a veces me manda alg?n regalito, verbigracia un llavero suizo de 18 quilates. En esa ocasi?n sonre?, como diciendo qu? lindo, pero en realidad pensando qu? boludo, para qu? quiero yo un llavero de oro 18, si estoy aqu? semipostrado.
De modo que mis contactos con el mundo se reducen a mi hija, cuando entra y me dice qu? tal abuelo, a mi yerno cuando ?dem, de vez en cuando al m?dico, al enfermero cuando viene a lavar mis pelotas ya jubiladas, y tambi?n el resto de este cuerpo del delito. Bueno, y sobre todo, est? mi nieto, que creo es lo ?nico que me mantiene vivo. Es decir, me manten?a.
Porque ayer por la ma?ana vino y me bes? y me dijo abuelo, me voy por quince d?as a Denver con el t?o Braulio, ya que saqu? buenas notas y me gan? estas vacaciones. Yo no pod?a hablas (y no s? si hubiera podido, porque ten?a un nudo en la garganta) ya que tambi?n estaban en la habitaci?n mi hija y mi yerno y ni yo ni mi nieto ?bamos a violar nuestro pacto de sangre. As? que le devolv? el beso, le apret? la mano, puse un instante mi mu?eca junto a la suya como testimonio de lo que ambos sab?amos, y s? que ?l entendi? perfectamente cu?nto lo iba a extra?ar ya que no iba a tener a quien contarle cuentos in?ditos.
Y se fueron. Pero tres o cuatro horas m?s tarde volvi? a ntrar Aldo, y me dijo mire, abuelo, que Octavio no se fue por quince d?as sino por un a?o y tal vez m?s, queremos que se eduque en los Estados Unidos, as? aprende desde ni?o el idioma y tendr? una formaci?n que va a servirle de mucho.
?l no se lo dijo porque tampoco lo sab?a. No quer?amos que empezara a llorar, porque ?l lo quiere mucho, abuelo, siempre me lo dice, y yo s? que usted tambi?n lo quiere, ?no es as?? Se lo vamos a decir por carta, aunque mi cu?ado lo va a ir preparando. Ah, y otra cosa. Cuando ya se hab?a despedido de nosotros, volvi? atr?s y me dijo, dale un beso al abuelo y que sepa que estoy cumpliendo nuestro pacto. Y sali? corriendo. ?Qu? pacto es ese, abuelo? Cerr? los ojos por pudor, aunque como siempre lagrimeo, nadie sabe nunca cu?ndo son l?grimas de
veras, e hice un gesto con la mano como diciendo: cosas de ni?os.
?l se qued? tranquilo y me abandon?, me dej? a solas con mi abandono, porque ahora s? que no tengo a nadie, y tampoco a nadie con quien hablar.
Me tom? de sorpresa todo esto. Pero quiz? sea lo mejor. Porque ahora s? tengo ganas de morir. Como corresponde a un despojo de ochenta y cuatro a?os. A mi edad no es bueno tener ganas de vivir, porque la muerte viene de todos modos y a uno lo toma de sorpresa. A m? no.
Ahora tengo ganas de irme, llev?ndome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya ten?a preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (?con qu??), pero no hay nada m?s seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Ser? ma?ana o pasado. No mucho m?s. Nadie lo sabr?. Ni el m?dico (?acaso se dio cuenta alguna vez de que yo pod?a hablar?) Ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. S?lo se dar?n cuenta cuando falten cinco minutos.
A lo mejor Teresita dice entonces pap?, pero ya ser? tarde. Y yo en cambio no dir? chau, apenas adiosito con la ?ltima mirada. No dir? ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo viol? nuestro pacto de sangre. Y me ir? con mis cuentos a otra parte. O a ninguna.

Mario Benedetti





Tags: Cuentos, Benedetti, Pacto

Publicado por k_nelita @ 17:14  | BENEDETTI
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 06 de marzo de 2008 | 12:35
la historia esta muy bonita para ami no es de terror es como de sentimiento por alguien que no sabe repetar a sus padres
Publicado por Invitado
Jueves, 06 de marzo de 2008 | 12:42
soy estefani y yo pienso que la historia nos ense?a a guardar secretos de una manera muy especial con los abuelos de nuestras familias pues en la historia no hay respeto ni por una persona mayor ,la personas mayores es la que merese todo nuestro respeto ya sea nuestro padre abuelo o tio mis respetos a las personas mayores .
ese es mi comentario sabre la historia ojala muchos pusieran su opinion
Publicado por k_nelita
Jueves, 06 de marzo de 2008 | 14:50
Gracias por comentar Visitantes, (pueden poner su nombre en lugar de Visitantes o nick) y decir lo que opinan sobre este hermoso cuento de Benedetti, que por supuesto no es de terror, sino que deja una ense?anza muy importante de como trata esta sociedad a las personas mayores, ojal? todos reflexionemos sobre esto y les brindemos mas respeto, comprensi?n y amor a los mayores.
Saludos;-)
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